Advertencia:
El propósito de este trabajo es el de mostrar y rescatar del olvido cuál fue el gusto del venezolano del período colonial, por la cerámica que en sus distintos tipos se importaron entonces al país, y cuáles son los ejemplos que han sobrevivido hasta nuestros días. Necesario es decir que estos lineamientos tienen viejos antecedentes los cuales se remontan al año 1885, cuando don Aristídes Rojas, inició una serie de artículos que publicó en el diario "La Opinión Nacional", bajo el título de "Historia de una Colección de Cacharros". Estos primeros artículos sobre el tema de la cerámica en Venezuela, y la propia colección de Rojas, forman hoy el punto de partida más importante para el asentamiento y la pervivencia de la tradición local. Sin la presencia de éste primer coleccionista-historiador gran parte de esa tradición se hubiera perdido. Gracias a su interés y entusiasmo, divulgado a través de sus artículos, se formaron otros coleccionistas que siguieron su labor de rescate. Es interesante señalar al respecto que otros campos del arte en Venezuela no fueron tan afortunados como el de la cerámica, por la pasión de tantos aficionados. Efectivamente, esa pasión hizo que se salvaran no sólo las piezas mismas, sino parte de la tradición histórica que las acompañaban. Este interés particular por la cerámica se originó alrededor de 1880. Por ello el mismo Rojas, en su primer artículo de 1885 escribió que los buscadores de loza y porcelana antiguas estaban a la orden del día y que desde unos cuatro o cinco años atrás los aficionados al arte cerámico "habían establecido sus reales en Caracas". Narraba también, que el número de familias coleccionistas de platos llegaba a quince, amén de otras quince que tenían la idea en infusión, moda que según él había venido de Europa y que cada día tomaba "carácter alarmante". De ésta manera, comenzando por el propio Rojas, en esa época se formaron importantes colecciones como las de José María y Domingo Garbán Peréz, la de Manuel Segundo Sánchez, la de Manuel Landaeta Rosales, Charles Röhl, Miguel Ramón Ruiz, Luis Eraso, Otto Eduardo Römer Stürup y la del danés Christian Witzke.
Según don Aristídes, la manía por la colección de objetos antiguos, en especial de "platos, jarros, tazas y sobre todo de objetos de cerámica, de nacionalidad asiática o europea" había hecho que "agentes de todas especies y condiciones, de chaqueta y de fustán" anduvieran de covacha en covacha, escudriñando cada rincón, escarbando incluso las ruinas que había dejado el terremoto de 1812, todo en solicitud de algún cacharro etc.
Un aspecto importante en el origen de esas colecciones es quizás el hecho de que éstas se fueron integrando a base de regalos hechos por los descendientes de las antiguas familias de origen colonial que habían logrado conservar algo del patrimonio cultural que les habían legado sus antepasados. En su mayoría ese legado se había salvado milagrosamente de la destrucción, durante la guerra de la independencia, el terremoto de 1812 y las sucesivas guerras intestinas que arruinaron al país durante todo el siglo XIX. De esta manera, con la acción de los coleccionistas se prolongó la vida de ciertos platos y otros objetos de cerámica que representaban parte de la historia cultural de Venezuela. Rojas explicaba cómo se habían formado aquellas colecciones diciendo que aún cuando las personas acomodadas de Caracas se habían decidido por la cerámica, los pobres de bolsillo no quedaban a la sombra, pues si bien en el Viejo Mundo esta ocupación resultaba muy onerosa y sólo podían permitírsela las personas de dinero, en Venezuela "la amabilidad y las buenas relaciones sociales" podían "más que el áureo metal". El reconocimiento por estos gestos de amistad y cariño, hizo que muchos coleccionistas le colocaran etiquetas manuscritas en las que señalaban no sólo el nombre del donante sino también la tradición oral que había llegado hasta ellos en relación a la historia del objeto.
Muchas de esas etiquetas aun existen y precisamente éstas fueron de inapreciable valor para rescatar un valioso aspecto de nuestra tradición. Otro indicio que sirvió de gran ayuda para este trabajo fueron los famosos sellos de lacre rojo que aparentemente solo ponían en sus platos las familias caraqueñas para reconocerlos, cuando eran prestados a sus amigos. Estos sellos de lacre rojo son simples puntos pequeños de lacre, derretido al dorso de los platos, sin emblemas o escudos impresos en ellos, a diferencia de los que se hallan en algunas piezas europeas los cuales son muy anchos, con abundancia de lacre y llevan estampado el monograma o el escudo del poseedor. Dichas marcas constituyen huellas indiscutibles de la presencia de esas piezas durante la época colonial venezolana. Este mismo asunto lo señalaba Rojas al decir que muchos platos que él había visto aún conservaban los sellos dé lacre, "indicio de haber figurado en los banquetes de doscientos o trescientos cubiertos, con que los súbditos caraqueños festejaban el nacimiento de un príncipe o el advenimiento de algún Rey".
Por lo tanto en los casos en que la tradición oral se había borrado al desaparecer la tinta o las etiquetas, esos sellos fueron pistas seguras para establecer la presencia del objeto en la ciudad, desde tiempos antiguos. Hubo casos en que aparecieron piezas de una misma vajilla, dispersas en varias colecciones, algunas solo con sellos de lacre y otras complementadas con etiquetas que las identificaban con sus poseedores primitivos. Sin embargo, es bueno aclarar, que la tradición escrita en esas etiquetas o en los catálogos personales de los coleccionistas se vio repetida en distintas partes lo cual reafirma la verdad contenida en ellos. Si bien muchos objetos quedaron asociados con los nombres y apellidos de viejas familias de la época hispana, muchas veces es de pensarse que estos no fueron los de sus dueños originales pues bien se sabe de la fragilidad de la memoria humana y de lo fácil que resulta confundir los apellidos de las distintas ramas que forman a una familia. En todo caso, estas leyendas, muchas veces, lejos de confundir, lo que han hecho es afirmar la presencia del objeto en el país desde aquel entonces. En varios casos se observó la tendencia a atribuírlos como pertenecientes al personaje más relevante de una familia. Sin embargo en distintos ejemplos estas tradiciones resultaron ciertas y justificadas por el hecho mismo de que se habían conservado a causa del culto a la importacia de esos personajes.
En este mismo aspecto no debe olvidarse tampoco, que las dos colecciones que están documentadas, la de don Arístides Rojas y la de don Leopoldo García Quintero, en las que se basa principalmente este trabajo, se formaron a fines del siglo pasado y a comienzos de éste respectivamente con las piezas provenientes de los descendientes directos de aquellas familias cuyas tradiciones recogieron sus nuevos dueños. Ambas colecciones tuvieron la suerte de conservarse casi intactas hasta nuestros días. La de Arístides Rojas pasó a manos de su sobrino John Boulton Rojas quien la aumentó y luego pasó a formar parte de los bienes de la Fundación John Boulton, de Caracas, establecida por sus herederos y en donde se halla hoy. La de García Quintero, formada con gran conocimiento en la materia aun se conserva en manos de su viuda y cuenta con un estupendo catálogo redactado por él mismo en 1967. Debe señalarse también que García Quintero era pariente de Arístides Rojas y que fue él quien, en compañía de doña Anita Boulton de Phelps redactaron un catálogo de la colección Rojas.
Por otra parte las colecciones de Charles Röhl, las de Domingo y José María Garbán y la de Christian Witzke se dispersaron, aún cuando sus piezas fueron a parar a las colecciones de sus amigos Boulton y García Quintero. La de Otto Römer se dividió entre sus descendientes.
Otro aspecto importante en la formación de esas primeras colecciones fue el de intentar reunir sólo aquellos objetos de proveniencia local. Así lo declara Rojas con cierta amplitud en su nombrado prólogo de la "Historia de una Colección de Cacharros": "Lejos de nosotros la idea de traer a nuestra colección cuanto pueda conseguirse en el Viejo Mundo, respecto de objetos pertenecientes a la cerámica antigua. Nuestros límites han sido trazados de antemano: las de la familia americana". Luego concluyendo más adelante, recalcaba que los platos que no se relacionaran con la familia americana no tendrían puesto en sus salas. En la serie de artículos que Rojas preparaba para la "Opinión Nacional" se proponía contar la historia de su propia colección de cerámica y detenerse en los platos que dejaron los misioneros de las fachadas de algunos templos, o sobre los que contemplaron los indios a la llegada de los españoles. Asimismo sugería los temas variados que suministrarían los platos de las antiguas familias "que contribuyeron con su benéfico influjo y delicado gusto al desarrollo de la sociedad caraqueña". Todo ésto lo escribió Rojas diez años antes de su muerte y no llegó a concluir la serie.
Los coleccionistas que se formaron posteriormente no fueron tan estrictos en su selección y ampliaron el horizonte, comprando piezas procedentes del extranjero y mezclándolas con las que habían conseguido localmente. El danés Christian Witzke por ejemplo fue uno que trajo varias de Europa y vendió algunas a sus amigos John Boulton y García Quintero.' Otros nuevos coleccionistas fueron Leopoldo de Rojas, pariente de don Arístides, Rafael Rubén Ruiz, hijo de Miguel Ramón Ruiz, Francisco Kerdel, Luis Suárez Borges, amigo de José María Garbán, Juan y Adalberto Róhl, hijos de Charles Röhl, Alfredo Machado Hernández, Lope Tejera, José Ramón Urbaneja, Francisco Monteverde y Jorge Sánchez. Luego jerónimo Martínez Mendoza y Henrique Otero Vizcarrondo formaron importantes colecciones de cerámica china, estas últimas sin ninguna vinculación con el pasado venezolano.
Volviendo a las bases de nuestra investigación, y apartando las etiquetas, catálogos o sellos de lacre, también se tomaron en cuenta algunas informaciones orales, siguiendo la lógica de ellas y por supuesto la seriedad de las personas que las transmitieron. Por lo general estas informaciones trataron sobre hallazgos de piezas, o de la historia de como habían llegado a sus manos ya sea por herencia, compra o donación. Toda referencia dudosa que no tuviese base histórica comprobada fue rechazada. Por consiguiente, las piezas que figuran en este libro fueron incluidas por tenerse la mayor seguridad de que fueron importadas durante el período colonial venezolano. En muy contados casos se incluyeron algunas cuyo origen no era claro pero que por otras circunstancias se supone pudieron haber sido usadas en el país en aquella época.
La investigación consistió primeramente, en la localización de las pruebas materiales, por lo que hubo de visitarse a ciento setenta y seis coleccionistas los cuales, debe decirse, brindaron la mayor re ceptividad y colaboración. De ellos solo setenta resultaron tener las obras requeridas y estos accedieron gentilmente a su reproducción y catalogación. En cuanto al estudio de las mismas fue necesario consultar a distintos expertos y especialistas de distintos museos europeos y americanos a quienes también va nuestro agradecimiento. Una extensa bibliografía fue consultada y como complemento se investigaron varios documentos de la época colonial venezolana, especialmente en la sección de las testamentarías del Archivo del Registro Principal de Caracas.
A parte de los coleccionistas y expertos fueron muchas las personas que también colaboraron y aportaron su ayuda desinteresada y generosa para la realización de esta obra. Es imposible nombrarlas a todas pero a ellas vaya nuestro más efusivo reconocimiento.