VIAJE POR UN PAIS DE PORCELANA Augusto Mijares
Un indudable acierto ha sido la publicación del libro del doctor Manuel Rafael Rivero Lozas y Porcelanas en Venezuela.
La edición, del mejor gusto, está valorizada por preciosas láminas que guían la atención del lector hacia las piezas de loza o de porcelana que desde que abrimos el libro son un deleite para la vista.
Pero el texto es naturalmente lo más interesante de esta obra, que es de investigación y de crítica a la vez.
Su autor debió de comenzar por encontrar y seleccionar, en colecciones oficiales y particulares, el material que iba a presentarnos. Y después, para estudiarlo, rastrear su procedencia y descubrir cómo y cuándo llegó a Venezuela, ha hecho asimismo un delicado trabajo a través de las tradiciones orales que pudo conseguir, y en las fuentes documentales de testamentarias y particiones de bienes, en los registros de los barcos que llegaban a nuestros puertos, en las obras impresas de carácter general y en las dedicadas a estudiar el comercio marítimo con nuestro país o las lozas y porcelanas específicamente.
Pero este indispensable acopio de erudición no afectó afortunadamente el estilo elegante y ameno con que el doctor Manuel Rafael Rivero nos conduce en este viaje por un país de porcelanas.
Viaje o paseo que podemos hacer de corrido, o bien abriendo al azar el libro y dejándonos llevar por el encanto de las evocadoras piezas que desde las ilustraciones nos invitan a conocer su historia.
Desde el propio descubrimiento del caolín y su transformación en porcelana por los chinos, en épocas inmemoriales, arranca esta excursión que nos ofrece Manuel Rafael Rivero; y es fascinante así imaginar los innumerables artesanos que durante esa larga cadena de siglos fueron aportando su amor a lo bello y su destreza, para lograr esa estupenda floración de objetos delicados y frágiles, deleite del espíritu, adorno de la vida, que tanto contrastan con las duras condiciones que a menudo tendrían que soportar aquellos abnegados artífices.
En Francia, por ejemplo, la vida de Bernardo Palissy, creador de la cerámica francesa, ha llegado a hacerse legendaria; y en ámbito universal puede servir de símbolo a ese apasionado trabajo al cual se consagraron los ceramistas europeos, como siglos antes sin duda lo habían hecho los chinos.
Bernardo Palissy era luterano y le tocó vivir precisamente durante los reinados de Francisco I y de sus sucesores, cuando la persecución contra los reformistas llegó a extremos de ferocidad casi increíbles.
Aparte de las numerosas hogueras en que perecieron por igual hombres valiosos y millares de anónimos infortunados, las matanzas colectivas, y entre ellas la inolvidable del día de San Bartolomé, era un motivo de terror constante para todos los "herejes": o simplemente para todos los que pudieran ser acusados como tales.
Bernardo Palissy sin embargo, increíblemente aislado por su pasión creadora de aquel ambiente de sobresaltos y opresión, se dedicó durante veinte años a buscar el secreto de la porcelana china. Y aunque llegó a tal extremo de miseria que para alimentar los hornos en que trabajaba tuvo que lanzar a ellos sus muebles y hasta el pavimento de madera de su casa, al fin triunfó.
No para obtener todavía la verdadera porcelana, pero sí para lograr piezas sin igual entonces en Europa; y que doblegaron en favor suyo hasta el furor de aquellos obcecados reyes. Temporalmente al menos, porque en definitiva murió ya octogenario en La Bastilla, víctima de sus creencias religiosas.
Esta historia de Palissy no la trae, desde luego, el doctor Rivero en su libro. Pero me he extraviado en narrársela a mis lectores, porque aparte de ser un reconfortante recuerdo de lo que puede el esfuerzo del hombre, nos indica -con el momentáneo triunfo de Palissy- hasta qué punto esa desinteresada consagración a la belleza, gloria de los ceramistas, contribuyó a dulcificar las costumbres, a civilizar a la humanidad, a convertir la riqueza y el poder de los privilegiados en arte y refinamiento.
Y esta evocación sí enlaza con el libro de Manuel Rafael Rivero. Porque por él sabemos que fue en el siglo XVIII cuando comenzó -o se intensificó- la llegada a Venezuela de la cerámica española, inglesa, holandesa o mexicana, que en jarros y fuentes, pocillos y platos, venía a traerle a esta apartada dependencia de la corona española un eco -y quizá el más accesible a todos- de la cultura de otros países más ricos y afortunados.
Hasta entonces los criollos venezolanos, recluidos en pequeños centros urbanos que estaban aislados por largas e inseguras soledades, habían llevado una existencia rutinaria y dura, limitados a fundar una riqueza con la cual estaban dando nacimiento a una nación, pero que personalmente muy poco les aprovechaba.
Aquella cerámica y los libros -que también en esos años comenzaban a llegar en cantidades apreciables- fueron, pues, un inesperado reencuentro de Venezuela con Europa; con las comodidades, la belleza y las costumbres placenteras que los colonizadores habían tenido que abandonar doscientos años antes.
Particularmente interesante es también en la obra del doctor Rivero la historia que nos trasmite de la llamada "Loza parlante", o sea, la que decorada con figuras humanas, escenas familiares y campesinas, o lemas de inspiración política, se desarrolló profusamente después de la emancipación norteamericana y de la Revolución Francesa.
Nuestra lucha por la independencia también movió a los fabricantes de cerámica -que ya se había industrializado- a enviarnos piezas decoradas con retratos de nuestros libertadores, alegorías de la Gran Colombia y otros motivos que testimoniaban la entrada de estos países en la esfera de la atención mundial.
Manuel Rafael Rivero ha dado amplia cabida a esos ejemplares en su obra, y en la propia portada de ella, un juego de aguamanil con la efigie de Bolívar detiene con placer nuestras miradas.
Apasionante libro, en suma, el del doctor Rivero. Excelente para instruirnos, excelente para deleitarnos, excelente para dejar correr la imaginación lejos de las zozobras y mediocridad de la vida cotidiana.
Publicado en el "Boletín de la Academia Nacional de la Historia" Nº 221